Costa Atlántica Las Rutas del Flaco

Rambo custodia Mar Chiquita

Sólo diez países tienen albúferas, lagunas de agua salada que se conectan con el mar. La de Mar Chiquita la protege Rambo.

Después de los primeros días del 2019 me despido definitivamente de mis amigas y encaro por Ruta 11 hacia el sur. Por primera vez en el año llueve mientras me muevo. Cuando finalmente se despeja el cielo, el arco de Mar Chiquita deja de ser un techo refugio para una cumbre de mochileros que viajamos en distintas direcciones y pasa a darme la bienvenida.

Ingresando por Av. San Martín llego al hogar de una población estable de 500 personas. Por ese mismo camino principal, entre los arroyos Vivorata y Cangrejo, está el Camping Municipal. Tiene un buen predio para acampar y algunos dormis. Pero sigo de largo. Tengo pensado ir a la oficina de turismo y preguntar por el Guardaparques encargado de la región.

Paso por la puerta de la primera escuela sustentable del país. Utiliza paneles solares, tiene huerta, lleva adelante programas de reciclaje y reutilización del agua. Sus paredes fueron hechas con neumáticos, cartón y botellas, tanto de vidrio como de plástico. Su construcción surgió ante la  la necesidad de trasladar al pueblo,  la escuela primaria número 12 ubicada sobre la ruta.

Es notorio el esfuerzo por sostener una línea de sustentabilidad. Cuando uno entra a Mar Chiquita lo siente en el ambiente. Pero es igual de llamativo que en una población con ese tipo de políticas públicas no exista una red de agua potable.

Después de un segundo puente, bordeo el agua a la izquierda y llego a la gran casa amarilla que es la oficina de turismo. Me presento y me reciben con un café y un pequeño recorrido por el centro de interpretación con el que comparten edificio.

Me pasan un número de celular y mientras recorro agachando la cabeza para ver las exposiciones, llamo preguntando por un tal Julio. Del otro lado me responde una voz seca, grave, pesada. Si tuviera enfrente a la persona diría que su voz se condice a un «cara de pocos amigos». Me contesta rápido, expeditivo y me dice que lo espere donde estoy.

No pasa mucho tiempo. Julio llega en una camioneta ploteada de OPDS, el organismo para el Desarrollo Sostenible de la Provincia de Buenos Aires, en el cual funciona Áreas Naturales Protegidas.

De una manera extrasensorial percibo cómo su borcego ejerce presión sobre el freno. Su mano aparatosa suelta la palanca de cambio y cruza sobre su cuerpo para abrir la puerta después de desabrochar su cinturón de seguridad. A medida que se pone de pie y su altura supera la de la camioneta, veo su gorro beige y unos lentes oscuros en primerísimo primer plano. Con el brazo extendido me hace un gesto para encontrarnos a mitad de camino. Algún viento hace que en el trayecto me suba el cierre de mi campera. Su chaleco camuflaje militar permanece abierto.  Apretón de manos y: «¿Cómo estás…? Me dicen Rambo». Comprendo que tengo delante de mí un personaje con tanto color, que detectar cada matiz puede ser entretenido para conocer a Mar Chiquita a través de su guardián.

Rambo

Me invita a subir a su camioneta: «Sit, please…» Sí, en inglés. Mi cuello se retuerce para ojear adónde me estoy metiendo. En el asiento de atrás no sé que hay pero llego a divisar un chaleco antibalas y estoy tan sugestionado que no tengo dudas, es el asiento de atrás del auto de Rambo.

Completamente descolocado, no sé por dónde comenzar a preguntar. ¡Y no tengo el equipo de mate a mano como para suavizar la charla! ¿Le gustará el mate a este excombatiente de Vietnam, morador de Mar Chiquita?

«Rambo», rompe el hielo: «¿Qué te gusta escuchar?». Le contesto que soy del Rock Nacional y por dentro me cuestiono la elección por incompatibilidad. Pero claro, no contaba con las probabilidades a mi favor, Rambo es fanático de Charly. Efecto Mar Chiquita.

Dentro de la Reserva Natural de Biósfera hay un Área Protegida de la Defensa: Dragones de Malvinas. Entonces, el nacionalismo circundante me empuja a preguntar por su inglés, por la apariencia y demás. Abro una caja de Pandora y lo que encuentro es más que interesante.

«Me gusta la movida negra del Blues…» Así comienza su respuesta. Y aún sin mate de por medio, compartió mucho más. Rambo era cadete de medios en microcentro, Capital Federal. Vivió un tiempo de adolescente en la que tuvo que trabajar mucho para bancarse su cuartito en Avenida Corrientes. Otra etapa de su vida lo encontró preparándose para ser buzo militar y paracaidista. «Me gusta la velocidad de la ciudad pero me engancho con la tranquilidad de Mar Chiquita», locamente empieza a tener sentido para mí.

Entonces, todo ese uniforme camuflado sobre el de Guardaparques es por ese pasado de formación militar, pienso. Pero no. «Yo ando con el facón en el cinturón. Asusto. Acá hay que saber meter miedo porque estamos invadidos de cazadores furtivos. Ellos llegan por la noche, en camionetas negras alta gama, con lentes de visión nocturna y miras. Armas finas para la caza. Yo sólo tengo mi uniforme. En cuanto llamo para pedir respaldo a la policía local, la caza ya se realizó», explica.

Rambo suele buscar las estrategias que utilizan los Guardafaunas africanos porque «ésos sí se enfrentan a situaciones pesadas con cazadores furtivos en las más desfavorables condiciones y en contextos que incluyen enfrentamientos tribales».

Mar Chiquita tiene 4500 hectáreas de agua dulce para resguardar, pero la totalidad del área protegida supera las 25 mil ha. A mi derecha, veo pasar por la ventana la vastedad de la laguna con oleaje marino. Los campos privados que la delimitan hacia la Ruta 11 y las altas dunas que la separan del Mar Argentino, también protegidos.

Paramos en un almacén y Rambo me pide esperar un segundo. Que hay algo que tiene que hacer sin falta. Me distraigo con la idea de semejante personaje volviendo al auto con algún pack de papel higiénico que urge reponer o algo así.

Empiezo a pensar en los datos de la laguna, su flora y fauna. No lo suelo hacer. No ando desinformado pero la ignorancia de algunas cosas lleva a mi curiosidad a preguntar sin filtros. Eso siempre consigue, bastante seguido, respuestas inmaquillables también.

Espero cruzar algún gato montés  o un zorrito, que siempre es simpático de ver. Lo típico en toda la región son los cuises, mulitas, peludos, coipos y carpinchos. Pero el avistaje de aves es mucho más factible porque las hay de todo tipo y de todo lugar. Garzas, gallaretas, chorlos, gaviotas y gaviotines (…) 168 especies de las cuales 88 sólo se ven en Albúferas.

No me cae nada bien que en una Reserva Natural se permita la pesca. En cada lugar que voy, y encuentro que es el caso, lo discuto tocando algunas llagas, hiriendo susceptibilidades y con toda intención. No eludo ese debate, lo busco siempre. Lamentablemente en la mayoría de los casos en los que logro coincidir en la conservación, coincidimos en la problemática de la falta de recursos de todo tipo para ella. A veces, hablar de especies, lejos de generar una idea de conservación, produce un deseo de captura. Como figuritas difíciles. Por eso no hablo tanto de eso. Pero para que se entienda el impacto, puedo contar que en otro momento había mucha reproducción de tiburones dentro de la Albúfera. Hoy es raro. Una corbina de Mar Chiquita podía pesar 80 kilos. Sin los «deportistas» de la caña pescando y contaminando parejo, no se hubiera reducido su población ni el peso de un ejemplar, que ahora no supera los 30 kilos.

Vuelve a la camioneta Rambo. No trae en su mano un pack de papel higiénico, pero no deja de sorprenderme lo que sí carga: un cajón de verduras, vacío. La puerta se cierra y seguimos viaje, ya adentrándonos en la Reserva.

Pasamos por un par de guardaganados y tranqueras y nos detenemos al costado del camino. Un pequeño riacho que desemboca en la laguna se bifurca para rodear «la isla de los chanchos». Lugar de preferencia de los cimarrones para reproducirse.

No estamos en campo abierto, ya los altos árboles dan sombra a nuestro paso. Nos volvemos a detener cuando una ramita pequeña parece tomarse una siesta bloqueando sólo dos quintos del paso. Pero es buena ocasión para que Rambo saque a relucir su hacha. Menos esfuerzo hubiera sido moverla, pero sigo disfrutando del personaje.

Unos zigzagueos más sobre la huella de tierra y ahí está. La que ya es para mí la legendaria cabaña de Mar Chiquita. Aquella de la que me habló Ricardo en la Reserva Natural El Destino, mi primera parada en este viaje. Esa que construyeron los Guardaparques, porque hasta entonces acampaban con carpas en las áreas protegidas. Ese lugar al que le dedicaron años de su vida y al que todos elogian por su belleza. Doy fe, es un lugar con mucha paz. La bota de Rambo ya no frena con peso, parece detenerse con una suavidad de pluma. La mano suelta el volante y el sonido del volante despegándose de sus dedos es acompañado de esa respiración profunda de quien huele el aire. Pasto, madera y  mar. Ahora el que se baja del auto es Julio y cada vez será más Julio.

Julio

Me siento bienvenido a un lugar casi secreto. Una casita hecha a mano sobre la arena, protegida por los árboles y las dunas y al otro lado, sólo subiendo unos metros, el azul eterno arriba y abajo.

Perfectamente colgadas de una soga que tensa entre dos coníferas, hay no menos de 30 redes de pesca incautadas. Al lado, una pila de tramperas para pájaros. «No se devuelven. Podría venir alguna organización a pedirlas para reciclarlas, pero me gustan ahí. A la vista. Le da valor a nuestro trabajo y concientiza».

Julio recibe colegios y les ofrece un recorrido guiado. Está todo el tiempo formando cabezas. También lo hace con los policías y los guardas de la región, para que sepan cómo actuar ante un cazador furtivo de liebre o ñandú. Me imparte conocimiento a mí también.

Antes de entrar a la que, además, es su hogar, me dice «vení por acá». Me lleva a un pedacito de tierra que hace de jardín y está lleno de huesos y fósiles. Me hace sentar en el piso y me pide que cierre los ojos. Que escuche. Hago caso como un discípulo que se inicia en algún arte. Pasan los segundos, pero no me detiene y yo lo disfruto. Pasa uno, dos minutos y sin el preámbulo para los chicos pone sobre mis manos el cráneo de un lobo marino. Con ese gesto entiendo que el conocimiento se dio por legado.

«¡Ah!» la manifestación verbal de cuando nos acordamos de algo fundamental. Pique corto de Julio a la camioneta y vuelta con el cajón de verduras en la mano. «¡Antes que nada ésto!».

Casi sin prender la luz, camina hacia la parte de atrás de la casa, atravesando un hogar y alguna cama. Yo lo sigo. En la pared, un pizarrón tenía escrito un «Uno» grande, para indicar a quién le toca el turno de guardia. Al costado de él, un pin bastante llamativo que dice «Gay Vodka» y del otro lado una resortera del tamaño de un fémur. Sobre la pizarra una pequeña maderita de cajón de verduras que dice «feliz 2018». Mi vista la tapa de golpe la espalda de Julio, que con sus manos intenta clavar encima la nueva maderita de cajón que dice que será un «feliz 2019». Al primer martillazo se quiebra, pero queda. «Bueno… es lo que hay». Me río y no puedo dejar de preguntar por los otros artefactos. «Son para sacar tema de conversación. El pin lo encontramos tirado en la playa. Preguntan y en realidad hablamos de contaminación. La gomera gigante es para cazar ñandúes, pero la hicimos nosotros para graficar lo ridículo y lo dañino de ir matando aves a piedrazos».

Subimos la duna y a cada paso Julio tiene información para dar. Tal planta es así, tal ave es «asá». Está preocupado por un par de estudios que demuestran que las grandes medias lunas de arena como las de Mar Chiquita, junto a otras pocas del Mundo, direccionan vientos dominantes y su modificación artificial puede producir cambios climáticos. De hecho, el desove del pejerrey, cuenta, se adelantó un mes a causa de eso.

También, en la misma línea de darle valor a las cosas, cuando habla de una especie dice el nombre vulgar primero y el científico después. «El pasto dibujante es la típica planta que fija nuestra duna. Panicum racemosum» y parece que lanza el hechizo. Pero quiere estar preparado para recibir y estar a la par en un debate con científicos e investigadores. Esta vez le caí yo.

Mulita

Caminamos por la playa y comenzamos a pisar las diferentes piedras de colores, más y menos erosionadas. Entonces, Rambo, Julio, se declara un amante de lo lítico. Sobre todo de lo que es formación rocosa de Tandilia y por supuesto la formación geológica de la laguna de Mar Chiquita. Con un palo que en sus manos es un Cayado, apunta y señala cada línea, cada orificio. Se agacha, levanta una piedrita, explica y busca otra. Tiene claro en su cabeza la línea temporal de todo. Me ve abrir los ojos cuando de repente pasa su lengua por una de ellas sólo para intensificar su color. «Ah, también me dicen Mulita. Siempre ando entre la tierra».

La tarde empieza a caer y disfrutamos del atardecer sobre la duna. Al volver a la cabaña, Mulita ya no tendrá prácticamente luz de día y carece de artificial. Por eso, su jornada comienza cuando sale el sol -a veces antes- y termina en cuanto éste se va. Así pasa alrededor de una semana, diez días, hasta que le toque su descanso y pueda volver a su otro hogar, con su esposa. Sus hijos ya están grandes y formaron sus vidas. En mi recorrido, seguramente conozca a su hija, que abrió una cervecería artesanal por la zona de Siete Lagos. Pero el lugar de Julio está en Mar Chiquita.

Caminamos. Volvemos. Y parece que con el final del día compartido no se quiere quedar sin contar algo más: Hace diez años que él está como encargado de la Reserva de Mar Chiquita. Con todo lo que implica. Hace nueve, sufrió un ACV. Perdió el habla y tuvo complicaciones motrices. En cuanto pudo, retomó sus tareas como Guardaparques. Prácticamente tuvo que volver a aprender a hablar. No sólo eso, perdió también parte de su memoria. Todo de nuevo.

La fuerza de Rambo, el corazón de Julio, el conocimiento de Mulita. Mientras me deja nuevamente en el centro de Mar Chiquita, la relación de todos ellos con la Albúfera es de un cuidado recíproco. Me quedo con esa idea de mancomunión.

Me vuelve a dejar en el lugar donde nos conocimos y medio saludo de manos con la derecha, medio abrazo con la izquierda, me despido de una persona enorme que lleva la investidura de la Albúfera.

Un último vistazo al pueblo antes de volver a la ruta: Ventanal grande. Casa pintada de hermosos colores.  Cocina llena de plantas. Una familia baila al ritmo de Manu Chao. Sonido que escapa por la puerta entreabierta. Ambiente Mar Chiquita.

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