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Lo Bello y lo Sublime de la Comarca Andina

Parque Nacional

Un recorrido por las maravillas del Bolsón -Cajón del Azul y Cerro Lindo- y la nobleza del Parque Nacional Lago Puelo.

Tomando unos mates en la costa del Parque Nacional Lago Puelo, Ale me pregunta: “Vos que anduviste por tantos lados… ¿qué te parece este? ¿Es más o menos lindo que otros Parques?”

LAGO PUELO

Desde ya, me maravilla la Huella Andina. Esa senda de cientos de kilómetros para recorrer a pie a través de las montañas. Desde Trevelin y Esquel, hasta Villa Pehuenia en Neuquén. Una cosa que no voy a dejar de hacer alguna vez y que me interesaría interiorizarme aún más en la cultura de la travesía a pie.

También, me entero que por muchos años se consideró a Lago Puelo como un anexo del Parque Nacional Los Alerces -donde inicia aquel camino de 540 kilómetros-, pero las más de 100 especies de aves que lo habitan, junto con la alta presencia de flora y fauna emblemática como el Alerce y el Huemul, le otorgaron el grado mayor.

Con unos mates playeros en el sector recreativo de la cabecera norte nos sentamos en ronda con la familia de él. Amparados por los arrayanes detrás, con la cordillera aún nevada al frente y el lago azul, variado en intensidades, destellando.

Los inviernos son feroces, blancos. Las primaveras y otoños, coloridos. Los veranos, abundantes en proliferaciones de todo tipo. Pero además el área de conservación tiene el magnífico rol de entender al ser humano como parte de ese ecosistema y congeniar con sus actividades, principalmente de los pueblos originarios -en particular de la concepción de vida y la cultura mapuche- que viven en lofs (comunidades) y se dedican al cultivo, la ganadería y el turismo.

PN Lago Puelo
PN Lago Puelo

Noble. “¿Alguna vez leíste lo Bello y lo Sublime, de Immanuel Kant?”, dispara Ale. ¡Claro! Según las reflexiones del filósofo prusiano, lo noble es una faceta sublime del hombre. “Así es Lago Puelo, sí, pero también hace una categorización más genérica de diferentes aspectos…”

Lo bello es algo encantador; pero lo sublime… lo sublime conmueve. Emociona, estremece. Lo bello puede ser algo pequeño, delicado, definido; lo sublime puede tornarse inconmensurable, incontenible, infinito. Lo bello puede ser parte ordenada de una escena, lo sublime, inquieto, caótico. Lo bello puede ser una finura, mientras que lo sublime, una enorme idea simple. Al mismo tiempo, todo está tan entremezclado que para entender que algo pueda llegar a ser sublime tiene que saberse apreciar primero lo bello. ¿Realmente puede haber sitios tan dispares englobados en la palabra “hermosura”? me pregunto; y sin decirlo en voz alta, me responde: “Acá, el Cajón del Azul es muy Bello y si quieren algo Sublime les recomiendo, a vos y a Miri, hacer el Cerro Lindo”.

EL CAJÓN DEL AZUL

Entre invasoras retamas amarillas y chochos violetas, cascadas y pasarelas que cruzan de un lado a otro del afamado Río Azul, incursionamos con mi compañera el circuito turístico Mallín Ahogado hasta el Paraje Wharton, dentro del Área Natural Protegida Río Azul y Lago Escondido (Rio Negro). Acá comienza la senda de ocho kilómetros.

Un cartel advierte a los que intenten hacer trampa con el auto, que “sólo 4×4 y cuatriciclos”. El sendero es en realidad un camino por el que, además de copiosos turistas para la época, suben las provisiones a los refugios y transita el ganado.

El suelo es como un serrucho. Nuestras piernas se cansan y nos obligan a detenernos en más de una ocasión. Las espaldas van cargadas de comida, cacharros, sacos de dormir y la carpa. Cuestionable decisión, pero no sabemos en qué condiciones estará el refugio ni cuánto costará, así es que preferimos mantener nuestro presupuesto en el margen de lo calculable. Nos damos ánimos, el premio tiene que valer el esfuerzo. Una ventana al valle se abre en el Mirador de los Pilches -primeros cientos de metros de altura- y debajo nuestro se hunde una casa de campo, rodeada de nubes y montañas.

Entramos al bosque, cerrado por las copas de los árboles. El viento los atraviesa por debajo, silba. Los desnudos cuerpos troncales no ofrecen resistencia. Acompañan el soplar con un movimiento de bamboleo. Coihues danzan de un lado al otro. Alguna madera chilla, alguna rama se resquebraja. Escuchamos, pero no vemos sus caídas. Mirian está entre asustada y fascinada. Yo me siento diminuto, paseando entre palillos chinos en un juego de gigantes.

Bosque Patagónico
Bosque Patagónico

Vuelve a aparecer el río ante nosotros, esta vez como opción. El camino regular continúa paralelo al margen, pero el Refugio la Tronconada se encuentra al otro lado de un puente de maderas literalmente atado con alambres. Lo inexplicable, lo irracional ¿En qué categoría cabe? ¿Quién en su sano juicio pasaría por esa mortal pasarela colgante? Pregunta sobre respuesta empírica. Ya estoy a mitad del río, meciéndome cual elefante sobre tela de araña, pero sintiéndome seguro. La sonrisa de la aventura y el orgullo de la dificultad superada también son hermosas. Miri no se queda atrás y atraviesa con su mochilón, cargando 15 o 20 kilos extra. El sol se asoma entre el grisáceo cielo y nos devela, en gesto de aprobación, el cristalino turquesa que surcamos. El profundo fondo al alcance de la vista y sus peces, en apariencia, flotando en el aire.

El camino finalmente nos presenta una cabaña grande. Puerta pesada, artesanal. Dentro, centralizamos todas las miradas como forasteros entrando a una cantina. Sólo que somos dos mochileros piltrafa y los vaqueros son parejitas europeas “Slim-fit” que sonríen. En la pared, una guitarra criolla que ninguno se atreve a descolgar. Todo limpio y barnizado. Una barra ofrece varios menús. “Refugios eran los de antes, que te encontrabas con tres o cuatro hippies locos y después de juntar un poco de leña nos amontonábamos alrededor del fuego”, resuena Ale en mi cabeza. Bueno, los hay menos agrestes y preparados para el turismo. Por nuestra parte, agradecemos la oferta, pero el bolsillo prefiere pagar $200 para acampar, a los $500 de tirar la bolsa de dormir en un colchón pelado en el suelo. Eso sí, el agua caliente gratuita y la buena onda, un detalle para destacar. La correspondencia, un gesto desinteresado, de entre las “virtudes verdaderas” de Immanuel.

Andamos por fin por los bordes del Cajón, del precipicio que dificultan acceder a él, salvo de manera directa, cayendo contra las rocas, siendo devorados por la corriente, arrastrados hasta el fondo. El Azul intenso pelea contra los paredones que lo encausan. Se bate de un lado a otro enfurecido como tigre enjaulado. Lejos de la imagen de Cajón que yo tenía. Aquella foto que lo promocionaba en el colectivo de Buenos Aires mostraba un río contenido, un piletón escurriéndose por algunos recovecos de las piedras para continuar su curso. Este río está desbocado. Salta intentando salir de su fosa y cualquiera que asome la cabeza de más puede ser víctima de sus fauces. Su transparencia se corta sólo por la espuma que salpica, pero deja ver las piedras como esmeraldas, lo que atrae como canto de sirena. El río te lleva a querer mirar cómo es más acá o más allá. La Cascada Nacimiento es el engaño de la montaña al Azul, el nudo de la historia. La lucha contra la roca, los latigazos del agua por corroerla. La desembocadura, liberación o sumisión. Extenuado, el río, victorioso o amansado, desciende y nosotros con él.

Vemos todo el espectáculo del Cajón, pero al mismo tiempo sentimos que es sólo la carátula de un libro gordo.

CERRO LINDO

 “Este es así, eh. Pero así todo el camino, no les jodo”, nos había dicho Ale con su mano extendida a 45 grados, marcando la fuerte subida, constante. En tan solo 800 metros Miri está con un palo en cada mano para ayudarse a caminar. Abre la boca buscando bocanadas de aire, comprobando el caso. Pero pasan algunos minutos y tomamos ritmo. Otra vez, las mochilas son un mal que consideramos necesario, pero está en cada uno hacer el balance de costo-beneficio.

El bosque es completamente verde. Arriba, abajo, por todos lados. Hay una humedad en el aire que se contrapone con el treking del Azul. Es más cerrado, hay vegetación arbustiva y el agua desciende en hilos que atraviesan todo el rastro por el que andamos. Por momentos se hace barro y hay algunas patinadas. Vamos despacio. Son ocho kilómetros hasta el refugio y otros 5 hasta la cumbre.

Estamos solos, andando por la cordillera. Caminamos en silencio, como si el sonido de nuestros pasos nos retroalimentara la marcha. A veces pensando, a veces no. Encontramos más placentero prestarle el oído al ambiente que a nosotros mismos. A lo lejos, escuchamos un golpeteo. Paramos la oreja para eso, entre nosotros nos bastan las miradas. Las cejas se alzan para señalar la dirección acertada. Un pájaro carpintero clava sus garras en una corteza frente a nosotros. Se sostiene firme y ojea de lado el agujero que comenzó a hacer. Dos más se suman a él a distintas alturas. El primero no los corre, comparten el árbol y vuelan juntos al siguiente. Martillan con el pico, sondean, buscan otro. Ya alejados, con la misma mirada código volvemos a poner un pie frente al otro en secuencia.

Usando la aplicación móvil Maps Me, nos aseguramos de estar en el rumbo cierto. Notamos que estamos en una huella más larga, de dos posibles tras una bifurcación.  El peso de la mochila pasa de 20 a 50 y se carga todo sobre la zona lumbar y los gemelos, se sufre. Pero un lago de tres colores, aparece en nuestro camino y, ofendido, cachetea de nuestra mano el celular. La vista se amplía. Una bandada de patos toma vuelo y a nuestros pies ahora hay nieve. El oído vuelve a agudizarse y nos atrae a una fuerte cascada. La mochila vuelve a pesar 20, 10, nada. Me la saco completamente. Me saco la ropa también. Salto hacia el agua fría y al grito de “¡Deshielo, carajo!” le saco una carcajada a Miri, que continúa riendo porque salgo hecho un pollito mojado dos segundos después.

El último tramo son dos kilómetros “casi” llanos. Salimos del bosque y, como quien se choca la “ñata” contra una puerta de vidrio, una transición de luz devela un ensueño. Un morro pedregoso es el trampolín de una catarata que se divide en tres. A sus pies, y entre sus cauces, como casita suiza se encuentra el Refugio.

Refugio
Refugio

Vacío, pero no abandonado. Durante mediados de Abril a mediados de Diciembre permanece sin refugiero, porque durante las nevadas se dificulta el acceso. Pero locos siempre hay. Locos lindos, que se preparan para realizar cumbre, enfrentan tormentas y después se toman el trabajo de dejar todo limpio, con leña seca para el siguiente visitante y hasta con material de lectura ambulante e intercambiable. También alimentos, condimentos, tés y ropa de abrigo. Lejos de equipararse en belleza a su fachada, a simple vista el interior es una cucha. Pero somos muchos los cachorros del invierno que nos sentimos a gusto y por demás abastecidos en ella. Hacemos nuestra infusión, encendemos la salamandra y disfrutamos de nuestra tranquilidad.

A las cinco y media de la mañana me despierta Miri para ver el amanecer, un ritual que hacemos con regularidad, cuando la somnolencia nos lo permite. Encapuchado salgo a trepar la cascada. Temeroso de mojarme aún con mi ropa de dormir puesta. Pero arriba ya me espera ella con la cámara de frente al naranja sol y el equipo de mate…

Sobre el refugio
Sobre el refugio

Estoy en las nubes. En el cielo, porque de aquellas no hay ninguna. El Piltriquitrón está enfrente, pero quedó por debajo de mi altura. Todo un primer cordón montañoso nevado perfectamente alineado conforma un camino de dominó que con el dedo podría fácilmente tumbar. Suspiro. No corre viento. No quiero exhalar, temo generar grandes ráfagas. Contengo entonces la emoción, podría bajar de un solo paso o quizás ser yo el gigante que juega a los palillos chinos con los árboles. Entra todo en mis dos manos y a la vez, si me ubico allá abajo en el pueblo, soy tan pequeño. “¡Degelo, caralho!”, me canta retruco la brasileira y se lanza al agua pelada, en la misma naciente.

Sabemos que cuando bajemos del cerro nos quedará poco tiempo por disfrutar en la zona, así que ese momento de plenitud en la altura es una despedida. Al no intentar hacer cumbre nos queda la tarde por delante y a los lados de la cascada que baja al refugio se paran dos riscos como centinelas de un portal. Trepando un poco se logra subirlos y entre sus recovecos se forman los balcones ideales para gritarle al viento o para hacer el amor en ofrenda a la comarca (y a nosotros mismos).

Vitalidad
Vitalidad

Si hay algo que aprendí viajando es que cada lugar tiene una belleza aparente, pero es la experiencia que uno tiene la que elabora un recuerdo bueno o malo y la actitud ante cada situación lo que lo hunde o enaltece.

“Las diferentes sensaciones de contento o disgusto descansan, no tanto sobre la condición de las cosas externas que la suscitan, como de la sensibilidad peculiar a cada hombre por ser grata e ingratamente impresionado por ellas”, respondería por mí Kant con un poco más de elegancia.

Lago Puelo y el Bolsón me movilizaron por su nobleza humana, su naturaleza y el desafío físico que también planteó subir a sus cerros.

“¿Qué más te puedo decir?”, le digo a Ale respondiendo a su pregunta antes de irnos, “es lindo, es Bello. Todos los Parques los son. Pero a este volveré, porque además entre sus lagos y montañas, pude construir lo sublime”.

Sobre el autor

Franco Barletta

La vida del viajero es tan increíble que para quien no la lleva es ficción. Pero en toda ficción hay biografía y son las experiencias las que nos demuestran que la realidad siempre, siempre la supera...
Las Rutas del Flaco.

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