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Tesoros de tierra adentro

Viñedos, olivares, nueces, la huella de la minería, la belleza del Cañón del Ocre y el Famatina como custodio: un viaje a Chilecito, alma productiva en la montaña riojana

Viñedos, olivares, nueces, la huella de la minería, la belleza del Cañón del Ocre y el Famatina como custodio: un viaje al alma productiva en la montaña riojana

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CHILECITO.- El Famatina resonó internacionalmente hace pocos años por la controversia de nuevas inversiones mineras que amenazaban el paisaje del cerro y el estilo de vida campesino de su valle. Lo cierto es que la ciudad de Chilecito, la localidad cabecera del Valle, tiene una antiquísima tradición minera que exhibe orgullosa con la enorme obra de ingeniería del siglo pasado que es el Cable Carril, aún hoy en pie, pero sin uso ya hace muchas décadas. Y no hay dudas de que es casi fílmica la historia de la mina que entraña el Cerro Famatina: desde el oro incaico a la extracción jesuita para revestir iglesias y su posterior ocultamiento; del íntimo secreto de su ubicación revelado en lecho de muerte, del cual surge su famoso nombre “La Mejicana” y que desencadenaría en la explotación minera más importante de 1800, a la primera moneda de oro de la Argentina acuñada en La Rioja y hasta la primera deuda externa, además de los centenares de vidas perdidas en las minas. Todo este relato servirá de excusa para que turistas asciendan y recorran paisajes maravillosos en la montaña, como el Cañón del Ocre o el Camino del Inca. Sin embargo, hoy Chilecito y los pueblos de Famatina no viven de lo que esconde la tierra, sino de lo que ofrece de manera abundante con la cuidadosa mano del hombre: vinos, aceite de oliva y nueces hacen cada vez más conocido al Famatina Valley en las mesas.

Es que el Torrontés Riojano es la única cepa autóctona de la Argentina. Nació aquí, en el Valle de Antinaco, al pie del nevado Famatina y a la sombra saliente del Cerro Velazco, gracias a la altura (1100 msnm) y el clima árido y seco, como una transmutación de la originaria cepa Turrontel traída desde el Viejo Mundo, como pasas, por los españoles en el avance conquistador desde el Perú.

Cuentan que caprichos del mercado hicieron que gran parte de la uva que crece aquí termine siendo vino en bodegas de otra región, por eso las locales buscan hoy reafirmar su identidad riojana con productos insignia como el Torrontés, pero también produciendo excelentes Bonarda y Malbec, de un sabor particular. El primer acercamiento será, sin dudas, en cualquier fonda junto a unas costeletas de cerdo “a la riojana”, pero a pocas cuadras de la plaza principal también se puede visitar la planta central de La Riojana, una bodega que es en realidad una cooperativa de casi medio centenar de productores. Allí podrán conocer el ABC del vino, desde que llega la uva en las bateas de los camiones hasta su paso por barrica para los tintos premium.

Sin embargo, para aquellos que quieren ver más y sentir la frescura de los parrales que protegen al fino fruto del sol, la invitación de la Bodega Valle de la Puerta, a sólo media hora de Chilecito, es pedalear –o coordinar una cabalgata gaucha- por entre las 100 hectáreas de viñedos y las otras plantaciones que marcan la región: los olivos.

El otoño es la época más propicia para recorrer las interminables hileras, en las que depende de su destino, si será para prensar el más fino aceita de oliva o para consumir como carnosas aceitunas en una picada. La cosecha es con máquinas o por esforzadas, pero sabias manos. Al pie de los olivos encontramos grandes cajones apilados rebosantes de aceituna. Nos bajamos de las bicis, pero pese a su color verde no nos tienta morderlas, como habíamos hecho antes con las pequeñas uvas de piel gruesa y dulce sabor. Esta variedad nabali es para consumo de mesa, y el fruto es grande, pero aún falta curarlas por varias días en piletones con agua y soda cáustica. Por ahora son duras y eso se nota en las manos de quienes cosechan, arrastrándolas por entre sus dedos encintados desde las secas ramas del olivo hasta los morrales que llegan a cargar 20 kilos, pero que con destreza cuelgan de sus hombros mientras hacen equilibrio sobre las escaleras entre el follaje.

Las bicis nos llevarán hasta la parte industrial de la bodega, pero en este caso un gigantesco tinglado sin paredes deja que la enormidad del Famatina y el verde de las vides y olivos rodeen y casi toquen las pasarelas por donde caminan los turistas, cámara en mano, y los tanques de acero donde fermentan jugos y mosto a una temperatura controlada. Tanto en La Riojana como en La Puerta, el experto personal de las bodegas guiará por una cata de sus etiquetas. Botellas de algunas partidas limitadas serán el mejor souvenir para compartir al regreso, como así también los curiosos alfajores de vino, una transformación de la tradicional golosina de masa y chocolate, en la que el relleno es una original mousse de torrontés. Estas delicias y otras dulzuras pasteleras son las que crean Zulema y José Zamora con la marca La Rinconada, utilizando pasas, higos, cayote y nueces de todo el valle.

Es que en casi cualquier jardín veremos algún nogal, pero dando la Vuelta al Pique, una de las excursiones cercanas a Chilecito, veremos amplias plantaciones de añejos nogales criollos de grueso tronco, sin embargo muchos de ellos con injertos de una variedad de mayor éxito comercial. Las cosechas las hacen las mismas familias y empleados golondrinas, porque hay que ser rápido para que no se pudra. Al fruto se le limpia toda la pulpa para que quede la semilla al descubierto y se deja secar al sol en sarsos, que son como parrillas de madera, luego se embolsarán y estarán listas para vender a granel. Quienes deseen vivir la experiencia de una finca nogalera en todo su proceso tienen la posibilidad de ir a tomar el té, acompañado con un budín con nueces por supuesto, o incluso hospedarse en Huayrapuca, en la localidad de Famatina. Allí, el personal de la posada recibe con sencilla amabilidad y sorprende como sin distraer la charla en el quebradero parten las nueces para extraer el corazón intacto que terminará en bolsas al vacío para mantener el exquisito sabor por varios meses, si resistimos la tentación de no comerlas antes.

Sin falsas alquimias, Chilecito sirve a la mesa de quienes lo visitan sus productos más preciados.

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