EDITORIAL

Bienestar 

 

“El aire de las sierras te va a hacer bien”. Debo haber escuchado esta frase cientos de veces desde mi infancia, en boca de mis padres y abuelos, como si en el oxígeno de las estribaciones cordobesas –mi provincia natal– hubiera un encantamiento sanador, una dosis de vitaminas diferente al de cualquier otro lugar.

No deja de ser cierto. Traslasierra y su cadena de pueblos ha sido mi destino desde chica, cuando las aguas tibias del río Panaholma y el sol de Mina Clavero eran los únicos capaces de otorgarme un bronceado digno y sumarme vitalidad para encarar el otoño. También lo elegí para llenarme de energía cuando estaba embarazada y ahora, como madre, lo volvería a apuntar en el mapa de unas vacaciones en familia.

Las Sierras Grandes de Córdoba son aptas para todo público. Son sanas, relajantes, naturalmente bellas, activas hablando de aventuras, y como si esto fuera poco, están repletas de sabores ligados a cultivos sustentables y, poco a poco, sus destinos se proclaman como adeptos del movimiento slow. Les propongo una prueba para entender el concepto: un arroyito, unos sauces, las sierras, pájaros y alguna piedra enorme para sentarse a contemplar el cuadro. Seguramente, en esa mágica instancia, logren comprobar en cuerpo y alma la filosofía del andar lento que acá pregonan y practican los lugareños tanto como los burritos de paso cansino que uno se cruza por todos lados. Será también un buen momento para escuchar el silencio, que tiene su propia música, y conectarse con la vida en una expresión tan sencilla como disfrutable.