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Villa Traful: Abrazada por el lago

Este pequeño paraíso hace gala del silencio, los senderitos mágicos y un lago profundamente azul. Además, tiene un bosque sumergido como singularidad

Este pequeño paraíso con poco más de 500 habitantes hace gala del silencio, los senderitos mágicos y un lago profundamente azul. Además, tiene un bosque petrificado sumergido como singularidad

VILLA TRAFUL.– ¿Dónde está escondido el magnetismo de esta pequeña villa patagónica, tan parecida pero tan distinta a otras? ¿Por qué el azul de su lago es más azul o más turquesa o más celeste que el de otros que pueblan esta tierra, precisamente, de los lagos? ¿Por qué su cadencia hace que los decibeles bajen y uno quiera quedarse allí más días de los previstos?

En verano, con días tan largos que se palpa la luz del día hasta pasadas las 21.30, Villa Traful redobla toda esa magnánima y a la vez, sencilla oferta. Su lago se ve más azul, su paz se vuelve más intrigante, y su magnetismo lleva a extender las estadías por mucho más que un día de excursión viniendo de Bariloche, Siete Lagos o La Angostura, toda su bellísima vecindad.

Bendita la hora que uno haya llegado aquí, venga de dónde venga. Porque está poniendo los pies sobre un páramo habitado del Parque Nacional Nahuel Huapi, donde el lago Traful es rey de la geografía, donde los miradores se cuelgan de los acantilados glaciarios sin temerle al vértigo, y donde las playas de canto rodado son la superficie óptima para dejarle ganar la partida al cansancio y simplemente, mirar el agua, nadar, andar en kayak, respirar, dejarse alborotar el pelo con el viento patagónico que aquí, como un plus, es más benigno con los enredos.

Esta aldea de montaña desde donde se visualiza el Lanín, el Villarrica y el más próximo Cerro Negro, sin antes sedar la vista con la perfección del lago, propone una seducción de paso tranquilo. Si se viene desde Confluencia, la bienvenida la dará el mirador del Traful, 102 metros por encima de la orilla del agua, con dos balcones ideales para una foto panorámica. Ya dentro del pueblo, hay senderitos por doquier, esos que idealmente con la frescura de las mañanas, se vuelven un camino exquisito para que viajeros de todas las edades tomen aire puro y reconozcan pájaros, árboles, flores y cascadas del lugar. El salto de 30 metros que provoca el arroyo Coa Co, sobre una pared de roca basáltica y curiosas formaciones montañosas a su alrededor, es uno de los casos: se llega después de una breve caminata, partiendo de la Pampa de los Álamos, sitio donde se dejan los vehículos a espaldas de Villa Traful. Es en esa playa de estacionamiento donde habrá que tirar la moneda al aire para que el azar decida si se toma a la derecha o a la izquierda del camino, pues a la derecha, es el Arroyo Blanco el que tiene su cascada luego de atravesar un área de bosque cerrado, donde los pájaros carpinteros hacen de las suyas.

 

El otro bosque

Después de mediodía, hay una oportunidad diferente, única, según pregonan los lugareños que llevan y traen turistas de la costa urbana del lago –en el muelle céntrico- a la costa rocosa que queda en línea recta, del otro lado del lago, donde reposan unos 60 ejemplares de cipreses secos con troncos de más de 20 metros, semisumergidos, sobreviviendo con estoicismo a un destino de sabia congelada en el tiempo, pero de una belleza sutil y expresiva. Ellos fueron cayendo de las laderas del cerro Bayo y se asentaron más tarde en el lecho del lago para perpetuarse ahí y hoy ser un atractivo turístico de la localidad.

El paseo lacustre permite acercarse y saludar de cerca a las aves que se posan en sus ramas. Además, hay que persignarse delante de la imagen de la Virgen Stella Maris, la patrona de los pescadores, que habita una gruta donde las estalactitas conviven con helechos pendiendo de la roca. Y allí está la imagen, que emociona, cuidando de las lanchas que vienen y van enfrentando el viento cruzado mientras el sol juguetea sobre el agua con los reflejos.

Algunos intrépidos eligen hacer este paseo desde abajo del agua, con técnicas de buceo, una fascinante manera de conocer el bosque desde la raíz.

 

Privilegios

Quien pase por este rincón patagónico en el corazón neuquino seguramente querrá perpetuar su estadía todo lo que sea posible. Porque es un destino flexible: sus playas, sus bosques y callecitas sin tránsito se adaptan a grupos de amigos adolescentes, parejas de enamorados, padres de familia con niños pequeños, familias amplias con abuelos incluidos y todo aquel que tenga ganas de relajarse en un paisaje distintivo. Los pescadores también son amantes de Traful: tanto en el lago como en los ríos Machónico y Pichi Traful, y en el arroyo Catarata, los peces abundan. Estas aguas frías y cristalinas son el hábitat de truchas arco iris, marrón y fontinalis, y de salmones encerrados. La pesca con mosca propone entonces otra actividad central por estos lares.

Pero de esa flexibilidad de la que habla este escenario tiene que ver no sólo con su público sino también con su capacidad de recibir. Con su forma de recibir. Porque aquí la Patagonia de los Lagos está como ensimismada. Es una postal intimista donde el bosque se vuelve refugio, como acotando su dimensión para permitir el disfrute autoguiado, sin exigencias; sus playas de canto rodado se tornan una delicia a toda hora del día, para el chapuzón valiente, los mates con pies en el agua, los cantores espontáneos con su guitarra en plan de zapada sobre una piedra de la orilla, los chicos jugando sin necesidad de marcarles límites. Y las horas pasan sin prisa, obligando a los viajeros a medir su paso según la intensidad de la luz del día, que, afortunadamente, se niega a despedirse temprano.

 

+ info en villatraful.gov.ar

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