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Camino, al andar

Tanto al volante como con cámara en mano, la Ruta 68 que une Ciudad de Salta con Cafayate amerita ir despacio para contemplar la geografía y los colores que el viento, caprichoso, ha tallado

Esta vez el destino es una ruta: disfrutable en cada tramo, tanto al volante como con cámara en mano, los 189 km que unen la ciudad de Salta con Cafayate ameritan ir despacio para contemplar la geografía y los colores que el viento, caprichoso, ha tallado

 

Un camino para disfrutar despacio

Un camino para disfrutar despacio

SALTA.– Cabritos. Como niños pequeños e inquietos, se topan sin vergüenza encima de la ruta. Los vehículos se detienen, los ocupantes bajan la ventanilla y sonríen. Los cabritos se corren siguiendo el repique del cencerro que lleva su madre o quizás obedeciendo a su mirada severa. No será la única vez que ellos corten el tránsito sobre el trazado sinuosísimo de la Ruta Nacional 68, entre Salta y Cafayate. Sin duda, son tan dueños del paisaje como los habitantes de los valles que viven en poblados extendidos a la vera del camino. Tan dueños como el viento que ha tallado las geoformas de la Quebrada de las Conchas, la parte más singular y renombrada del circuito, aunque haya en estos 189 km muchas invitaciones para detenerse.

En el primer tramo del camino con rumbo Sur, saliendo desde Salta, las primeras pinceladas de color se darán en Cerrillos y El Carril, con un paisaje costumbrista plantaciones de tabaco, de gauchos de a caballo entreverados entre los autos, niños con delantal de escuela, pequeños almacenes de puertas abiertas y de seguro, alguna tentación como la de las empanadas caseras al paso, cocida sobre las brasas de una parrillita que humea en alguna esquina de plaza.

Alimentados estómago y espíritu se sigue adelante por una serie de caseríos dispersos, algunas rectas e incontable cantidad de badenes por donde el agua suele correr rabiosa en la época estival.

De pronto, una serie de carteles comienzan a indicar que La Viña es el último recurso si se desea un almuerzo o un refrigerio más completo. Más adelante, sólo estará el paisaje en su inmensa soledad. Así que son numerosos los viajeros que eligen Posta Las Cabras como el parador donde todo, absolutamente todo, es delicioso: sandwichs gourmet, tortas deliciosas, quesos caprinos y claro, muchos cabritos más que los que ya se habían cruzado antes en plena ruta.

Apenas unos minutos después, la sensación de adentrarse en la quebrada comienza a hacerse real. Se descubre, por ejemplo, la compañía del río Las Conchas, ahora a la mano izquierda, pero que irá mutando su perspectiva a uno y otro lado de la vista a medida que el camino le fue ganando la pulseada a la fuerza del agua –que ha arrastrado puentes y pavimento en el pasado-.

Justamente, con uno de los pocos puentes que atraviesan el río, está Alemanía, un poblado con aire hippie y un puñado de familias pobladoras que supo ser una estación de tren del ramal que llegaba hasta Salta, desactivado hace décadas. Con un dejo fantasmal, allí recibe algún que otro perro ladrando, pero también una familia artesana con cientos de vasijas, campanitas y figuras de barro a punto de ingresar al horno para ser cocidas. Charlar un rato con ellos es encantador: la vida aquí, para los que habitamos las grandes urbes, tiene definitivamente otros tiempos.

 

Pintada de rojo y ocre

De aquí en adelante, la única presencia humana será la de los artesanos en sus puestitos sembrados cada muchos kilómetros al lado de la ruta –en los lugares estratégicos donde si o sí frenan los viajeros- vendiendo objetos hechos en cerámica, piedras y tallados.

El otro contacto frecuente será, precisamente, con los compañeros de camino: uno irá reconociendo los autos, se irá enterando de hacia dónde va o viene el destino de los otros, y ya no hará falta que nos expliquen cómo funciona la cámara de fotos ajena para tomar la foto familiar con buen encuadre y evitarles otra selfie.

Dependiendo la hora del día, también es posible cruzarse con un par de contingentes que hacen la excursión Salta-Cafayate en una sola jornada, pero el paisaje es tan inmenso que en todos los casos, podrá uno ser testigo de esa pequeñez humana frente a lo que la geología dictaminó en esta formación joven donde el viento ha tenido mucho, pero mucho que ver. Y detenerse a escuchar el jugueteo de la brisa en los oídos. Y quedarse parado un rato largo en la cima de un senderito para tratar de capturar el horizonte de rojos, ocres, naranjas que mutan con el paso de las horas. Advertir las formas: el sapo, el obelisco, los castillos, el hongo, el fraile (no hay tanta fantasía como en otras geoformas: aquí son más literales y sencillas de descubrir).

Cuando faltan poco más de 20 km para llegar a Cafayate, dos monumentos naturales invitan a una exploración más extensa. Se trata de la Garganta del Diablo, una cueva abrigada entre paredes perpendiculares cuyas rocas parecen señalar el cielo. Trepar un poco hacia arriba ofrece una visual única del cielo celeste recortado sobre la montaña. Luego, está el Anfiteatro: cavado por efecto de la erosión es un convite para la acústica. Se escucha a la gente cantar para probarla y ese instante es mágico, como cuando algún chiquito grita “hola” esperando la respuesta del eco. La caja de resonancia natural de este espacio único es otra maravilla que regala el camino.

Con banquinas arenosas para seguirle el ritmo a la canción que habla de la tierra arenosa, arenosita, de Cafayate, de pronto el paisaje comienza a incorporar tres sellos que deparará la ciudad del vino más rico del Noroeste: las curiosas dunas de arena; los algarrobos; y las plantaciones de vid. Otro paisaje mutante y bellísimo, en todas las épocas del año. Digno de brindar por él.

Mientras se haga camino, vale despeinarse. Sentir el calor del sol intenso de los valles Calchaquíes sobre los hombros cada vez que nos detenemos a observar sin que el tiempo o los kilómetros apuren. Y sacar fotos, mil fotos. Cada palmo es diferente y requiere su postal.