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La revolución bienal

El encuentro con el arte en Resistencia, Chaco, permite tocarlo, sentirlo y maravillarse en la ciudad de las esculturas, que aguarda ansiosa la declaración de la UNESCO como Patrimonio Cultural

El encuentro con el arte en Resistencia, la ciudad de las esculturas, permite tocarlo, sentirlo y maravillarse unas 600 veces a lo largo de esta capital de provincia que aguarda ansiosa, desde 1998, el seguimiento de la UNESCO para ser declarada como Patrimonio Cultural de la Humanidad

RESISTENCIA.– Chaco fue un epicentro cultural casi desde siempre. Si tenemos en cuenta su provincialización en 1951, sólo tenía tres años de vida cuando se fundó el Fogón de los Arrieros y empezó una historia sin fin. Ese espacio nació como un espontáneo club cultural en la casa de Aldo Boglietti, un rosarino amante del arte y de la amistad. Ubicado en la calle Brown 350, un grupo de estudiosos con formaciones variadas, casi sin darse cuenta, forjaron el futuro de las siguientes generaciones.

Del Fogón salió la idea de realizar un concurso de esculturas. En esa primera edición el único material permitido fue la dura madera del Urunday, un árbol local fuertemente ligado al desarrollo del Chaco. Sin embargo, desde 1996 se permitió el uso de otros materiales, como el mármol travertino y distintos metales.

El siglo XX empezaba a despedirse y la cantidad de obras decoraba la ciudad en todas sus veredas, bulevares y plazas. La idea de crear un museo al aire libre finalmente se hizo realidad. El Consejo Municipal de Resistencia la reconoció oficialmente como Ciudad de las Esculturas y estableció que las obras en la vía pública son Patrimonio Cultural.

1998 fue un año soñado. Ni el más optimista pensó en una primera Bienal Internacional de Esculturas tan maravillosa, con artistas locales y representantes de otros países. La plaza 25 de mayo de 1810, el espacio central de la ciudad, estuvo a pleno.

Los organizadores, la Fundacion Urunday, se adjudicaron la consigna permanente de unir a los escultores de Argentina, América y el mundo. En 2006 el Senado y la Cámara de Diputados de la Nación declararon a Resistencia “Capital Nacional de las Esculturas” y se produjo el efecto dominó tan esperado: el concurso se trasladó a su nueva casa definitiva, al Parque 2 de febrero, actualmente predio MusEUM; se inauguraron talleres de restauración; y las obras de los certámenes anteriores llegaron a un destino común para todas en la renovada Laguna Argüello. Mejor imposible.

La presencia de la obra de arte generó una identidad diferente en el contexto del equipamiento urbano de la ciudad y una participación activa y solidaria de los habitantes en un proyecto compartido por todos los habitantes.

El último sábado 19 de julio finalizó la edición 2014 con la participación de diez artistas consagrados, como representantes de países de los cinco continentes. Compitieron a cielo abierto y en público, cada uno con su obra original e inédita con el título de “Homo Novus” como tema inspirador. Este año el ganador fue el francés Thierry Ferreira, un hijo de portugueses dueño de un lenguaje español bien particular.

Además se realizó el Premio Desafío, concurso con más de cincuenta estudiantes avanzados de los institutos de Bellas Artes y se sumaron obras colectivas con pueblos originarios; jornadas de arte lúdico para los niños; obras de teatro, danza, conciertos, circo y shows acrobáticos; y el soporte teórico de talleres, muestras y conferencias.

No quedó ninguna plaza hotelera libre en la ciudad. Y los turistas no sólo disfrutaron del arte sino también los amantes de la pesca no se perdieron la visita a la Isla del Cerrito, un paraíso en la confluencia del río Paraná y Paraguay, cuna del torneo de pesca del dorado, también conocido como el “tigre del Paraná”.

Los osados se animaron a recorrer las cuatro horas de viaje y visitar el Campo del Cielo, una reserva con evidencias de la lluvia de fuego, que regó de cuerpos celestes kilómetros y kilómetros de bosques y llanuras. Allí pueden encontrarse hoy enormes cráteres, meteoritos y fragmentos de ellos producto del gran impacto, del que fueron testigo las comunidades indígenas que habitaban la zona mucho antes de la llegada de los primeros expedicionarios.