Argentina Norte Salta

La estación solitaria

Como escena de Lejano Oeste, pero con nombre europeo, Alemania congrega poco más de diez familias y la historia de una estación a la que el tren abandonó en la espera

Como escena de Lejano Oeste, pero con nombre europeo, Alemanía, un pueblito a 99 km de la capital salteña congrega poco más de diez familias y la historia de una estación a la que el tren abandonó en la espera

 

 

ALEMANIA.– Serán las 2 de la tarde, poco más, poco menos. El reloj no importa. Cuando desde la ruta nacional 68 uno divisa el cartel que dice Alemania no resiste la tentación de detenerse. Será el nombre, será el puente, serán los pocos techitos a lo lejos. Faltan 99 km para llegar a Salta, u 81 para llegar a Cafayate. Pero el sonido del silencio más puro es convocante para hacer un alto. Aquí, se escucha el silencio. Esa extraña fascinación conduce a cruzar el puente de hierro sobre el río de las Conchas. El auto acerca a la montaña y allí bajo el sol, está Alemania. Nombre europeo, aunque los locales insistan en agregarle una tilde en la í y el escenario parezca más del Lejano Oeste americano que de esta Salta vernácula.

Un galpón (cerrado a ésta y, tal vez, a todas horas) tiene tatuado en la chapa las letras de “gomería”. Más allá, las casas de adobe, una al lado de la otra, miran a una calle central donde sólo pasan flotando algunas pasturas y los perros se alborotan ladrando a los curiosos intrusos. Las casas están cerradas. Las puertas de colores tienen ese encanto fotográfico de los candados y la pintura descascarada, pero se agobian en una soledad irremediable.

Sólo quedan por aquí unas 10 familias. Un vecino toma mate a la sombra de un chañarcito e indica con la mano, sin hacer enojar al silencio, dónde hay alguien que se atreve a interrumpirlo. La chica se llama Celeste, es artesana y luce feliz. Su pequeño hijo gatea en la galería de la vieja estación, donde sí hay una puerta abierta. Hace un poco de frío adentro, por las paredes anchas y el sol esquivo. Pero los tejidos de telar con lana de llama y vicuña elevan el termostato. También hay vasijas de barro, tupos de alpaca, pequeños recuerdos para el viajero que cruce el puente.

Dicen las historias de abuelos que por acá deambulan fantasmas que el tren dejó esperando en la estación del Ramal C-13, el primo menos famoso del C-14 del Tren a las Nubes, cuando cesó su paso por el pueblo en 1971. Este pueblo supo ser cabecera del Ferrocarril Central Norte que llegaba de Cerrillos allá por 1912. Su calle central, entonces, supo estar llena de gente. Por acá no están sus fantasmas, sino una invitación a la belleza inerte de un pasado que no pudo ser futuro, pero igualmente es encantador.

 

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