Argentina Cuyo La Rioja

Chañarmuyo, el valle sereno

Una visita a la Bodega Chañarmuyo, en el norte de La Rioja, donde las uvas crecen auspiciosas en un oasis que le ganó al desierto

Una visita a la Bodega Chañarmuyo, en el norte de La Rioja, donde las uvas crecen auspiciosas en un oasis que le ganó al desierto.

CHAÑARMUYO.- La brisa juguetea en el mediodía luminoso. En el pueblo de Chañarmuyo, con típico silencio de hora de almuerzo y previa de siesta, hay guirnaldas de papel que cruzan de lado a lado de la calle: preanuncian la visita del Niño del Hualco, una imagen de Jesús recién nacido que se encontró en Famatina, departamento al que pertenece esta localidad de apenas 300 habitantes. La iglesia, un almacén abierto por casualidad, unas casitas bajas de adobe, un trabajador en bicicleta y una plaza con especies desérticas marcan los tiempos calmos del norte riojano. Junto a las sierras del Paimán, de pronto el camino se torna verde. Corre una acequia que toma ve
locidad desde el dique Chañarmuyo (donde se almacena el agua de deshielo) y desde los ríos Blanco y Durazno calle abajo, pasando por la entrada de la bodega Chañrmuyo.

La hospitalidad es sello del lugar. Reciben con calidez en el restaurante, con una enorme mesa de madera, tapices coloridos de telar y las cápsulas del vino Keo, uno de los productos más jóvenes del lugar, engamado con ese universo tonal que evoca la tierra, la cultura Aguada, el verde de las vides. Parece difícil y lo ha sido: aquí, a 1700 msnm, el microclima ha generado un oasis donde sólo parecía triunfar el desierto, el sol impiadoso, las rocas, la vegetación escasa. Pero las uvas demostraron que el contraste con las espinas de los cardos y el suelo agreste les sienta bien. Otro fruto en las barricas es el Paimún Reserva, en distintas variedades tintas que sorprenden en la boca con un sabor de altura, y aquí está sobre la mesa, expectante, para acompañar el sabor casero de los platos. La cocina de la casa de huéspedes de la bodega es una invitación a preguntar sobre ingredientes y recetas regionales, además de oler esos aromas de ollas hirviendo y hornos en acción.

El terroir se puede observar en perspectiva desde la terraza que se extiende junto a la casa, o en los días fríos, desde las salas de lectura que ofrecen texturas cálidas ideales para abrigarse y contemplar. El camino hacia la bodega en sí misma se puede hacer caminando, de a caballo o en auto, aunque dista apenas un kilómetro. En un edificio de doble altura y arquitectura monumental, los tanques protegen los primeros meses del fruto de las uvas hasta que se realiza el paso a los toneles de roble francés. La amplitud térmica (noches muy frías, días de cielo celeste y sol presente, sin lluvias) bendice los jugos con su nobleza y tonos chispeantes en el paladar.

Con enólogos residentes y la mirada experta de otros dos profesionales mendocinos, los vinos de Chañarmuyo van conquistando al mundo desde este terroir que de pequeño y sencillo, luce inmenso y poderoso. Desde la terraza de la casa, bajo el sol de las 3 PM, la copa queda vacía y la charla se agiganta. Está claro que el paisaje de Chañarmuyo invita a quedarse, para seguir disfrutando.

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